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Buscadores de la felicidad

rusos

Este grupo de inmigrantes apenas puede denominarse inmigrantes clásicos. Más bien son vagabundos sin casa ni hogar. Son demasiado indolentes y poco exigentes como para obtener atributos de inmigración como la tarjeta de residencia, un contrato indefinido o una vivienda decente. Son hombres y mujeres de entre 25 y 40 años, a menudo no tienen hijos o bien tienen una la descendencia ya bastante crecida y afortunadamente cargada sobre los hombros de los abuelos u otros miembros de la familia. En la vida, su principal objetivo alquímico se centra en beber cerveza o vino barato en sitios públicos, preferentemente en un día soleado sobre el verde césped en compañía de sus semejantes.

Es también importante que las bebidas hayan sido adquiridas en un supermercado por 15 céntimos de euro y no en un bar de la calle por 3 euros. Además, se puede beber a morro. Es decir, las exigencias de la vida están reducidas a un mínimo absoluto. Usted mismo puede imaginar su forma de vestir; en cuanto al método de sacar dinero para dedicarse su pasatiempo predilecto, cada día inventan uno nuevo.

Hoy dibujan a lápiz retratos de turistas en la Rambla, mañana venden helados en la playa, la otra semana podrían viajar por poblaciones turísticas de España pasando por Francia e Italia con una banda de rock y trabajando de cargadores o técnicos. Su forma de cruzar las fronteras está cubierta con la oscuridad del compartimiento de carga, su salario se mide más en vino y hachís que en otros valores vitales. Este tipo es un perdulario sonriente con una barba de un mes de edad indefinida y sin principios. Uno de esos no se amargaría si se quedara todo un mes sin un céntimo en el bolsillo, y está dispuesto a pernoctar en cualquier rincón, siempre que no haya clavos que sobresalgan del suelo y depósitos que produzcan emanaciones tóxicas.

Al principio el viaje no les va mal gracias a sus rasgos europeos y, claro, por culpa de la hospitalaria combinación de clima cálido de España, trato cordial de la población autóctona y de la policía local hacia este tipo de peregrino de piel blanca, aunque no esté muy limpio. Además, el éxito de nuestros “buscadores de la felicidad” se explica con el hecho de que muchos europeos en su juventud no han pasado por etapas similares. Muchos españoles hoy en día respetables reconocen que cuando eran jóvenes tontos de capirote viajaron por toda Europa vestidos con vaqueros rotos y escapando de las responsabilidades, los problemas familiares o el infierno cotidiano de la “oficina de papá”.

El presente fenómeno tiene lugar en España hace más de 20 años. Seres bastante acomodados, como el hijo del propietario de una fábrica de ladrillos, por ejemplo, o el hermano menor de un profesor universitario de Francia manifiestan justo de esta manera una cierta protesta personal contra la sociedad o contra algún grupo. La policía y la guardia de fronteras ya lo saben. Por eso hacen nada a estas personas, ya no es necesario, y los califican de memoria como a un grupo con las mismas coordenadas que el movimiento hippie. No quieren complicarse la vida por culpa de ellos aunque saben que en este medio está bien difundido el intercambio de subterfugios contra la legislación, está organizado el tráfico de documentos falsos, de ideas para estafar, y de números de teléfono de vendedores de drogas y otros contactos ilegales “útiles”.

No obstante, hay una diferencia entre estos “dandis” europeos caprichosos y los “buscadores de la felicidad” de habla rusa. Alcanzada una determinada barrera de edad los primeros en su mayoría se convierten en personas razonables, crean un hogar y encuentran una buena colocación o regresan al negocio familiar. Nuestros “buscadores de la felicidad” no regresan a ninguna parte.

Su destino es dramático. Sus divertidas aventuras a menudo terminan en centros penitenciarios de países no europeos. Casi a todos se les detiene y se encarcela tarde o temprano. Con la edad, su mente cansada pierde el sentido de peligro y su mano desvergonzada rompe la fina línea divisoria entre una infracción administrativa y un delito penal. A veces, el autor de su novela vital pone un punto y aparte en la biografía del protagonista y su cuerpo yerto se queda para siempre en la cuneta de una autopista internacional.

El problema se explica por el hecho que durante los viajes en condiciones ascéticas y antihigiénicas la gente estropea su salud, mientras que el consumo de sustancias narcotizantes altera la percepción de los hechos. Se cometen errores fatales.

Cuando aún son jóvenes, usted se los podrá encontrar en el centro de cualquier ciudad grande con una guitarra colgada a la espalda. O buscar su amistad en un camping de carretera. En caso de encontrarlos evite conversaciones serias de toda clase, no acepte sus propuestas aunque suenen muy atractivas, no tome cerveza ni otras bebidas alcohólicas. La estadística revela que una niebla invisible de problemas y mala suerte suele envolver a estas personas.

Aunque esté a su lado por casualidad puede meter la pata en una situación que a ellos les parezca una tontería, y no obstante podría convertirse en una lápida para la promoción profesional y la imagen de una persona fiel y familiar. La única cosa para la que pueden servir es para trabajar de acompañante si usted se ha metido en un problema y se ve obligado a desaparecer del horizonte de forma precipitada. Por ejemplo, su mujer encontró un amante joven, decidió meterle a usted entre rejas y apropiarse del negocio familiar. Sus abogados le aconsejan “perderse” para unos meses, mientras tratarán de arreglar el asunto. En este caso su salvación dependería de las capacidades extraordinarias de los “buscadores de la felicidad” que le esconderían y le ayudarían a cruzar las fronteras a cambio de una generosa gratificación. Juntos irán lejos en todos los sentidos de la palabra. Lo esencial es no acostumbrarse a la insoportable ligereza de su existencia.

Para concluir el tema diremos que aunque esto pasa raramente, a veces se les presenta a los “buscadores de la felicidad” la oportunidad de quemar el último cartucho y sentar la cabeza. Para salvarse de la cárcel turca pueden contratarse como animador en uno de los establecimientos nocturnos del sector turístico de España. Allí abundan la juerga, la cerveza, las drogas y las chicas alegres. El trabajo de animador en los destinos turísticos se paga muy bien. En este caso será importante para los “buscadores de la felicidad” no robar dinero de la caja, beber del bar a los ojos de todo el mundo, seducir a turistas menores de 18 años, y no llegar a tarde al trabajo.

 

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