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Cosmopolitas tristes

rusos

En el medio de la inmigración rusohablante en España existe una capa más, que a pesar de ser muy poco numerosa, no deja de ser singular. Se trata, en el 95% de los casos, de hombres solitarios de más de treinta años que muchas veces se decidieron a abandonar la patria después de un divorcio u otro fracaso personal. Entre ellos podrá encontrar un atleta con pasado olímpico o un catedrático fracasados. Podría tratarse también de un ingeniero aeronáutico, que no pudo integrarse en el cosmódromo de Baikonur. A veces será un guitarrista ingenioso que por razones personales se niega rotundamente a interpretar música comercial. No obstante, de una forma u otra estas personas logran ganarse la vida. Viven comiéndose los codos de hambre, aunque disponen de capacidades intelectuales nada baladíes y una formación profesional brillante. El uso de su potencial intelectual es comparable con el coeficiente de acción útil en el proceso de cascar nueces con un microscopio. Este extraño ejemplo muestra objetivamente cómo les van las cosas. Es decir, podrían ganar su módico sueldo en cualquier parte del mundo empleando un 5% de sus fuerzas y capacidades reales.

Se casan con mujeres españolas modestas de familias aristocráticas en proceso de desaparición y ruina. Con ellas, los cosmopolitas tristes charlan durante las noches largas mediterráneas de cualquier cosa, incluida la conquista de los remotos espacios cósmicos, menos de sí mismos y de su pasado. No tienen amistades y pocas veces se relacionan con otros inmigrantes, a excepción de casos de emergencia tales como una boda o el nacimiento de un sucesor. En estas circunstancias abren sin ganas su agenda de páginas amarillentas y en voz baja informan de un encuentro próximo a conocidos que ya hace mucho tiempo los habían olvidado.

Si tratamos de sacar de ellos algún provecho para otros grupos de inmigración, se podría decir con seguridad que será un conocedor extraordinario de la movida marginal española y de sus hábitos. Justo por su anacoretismo y existencia indolente logran infiltrarse con perfidia en las masas del escaso medio intelectual de España más profundamente que cualquier otro inmigrante. De forma inexplicable y sin ningún tipo de ayuda hacen conocimiento con famosos artistas y poetas españoles, y traban amistades con directores de cine y actores. Hay que hacer notar que todas esas relaciones son inútiles del todo desde la perspectiva mercantil o de los negocios. Son visitas mutuas que no obligan a nada, en las que se toma café por las noches o se visita la última exposición vanguardista de botellas de plástico vacías o una escandalosa perfomance erótica.

Estas personas no llevan su suerte sobre sus hombros sólo por su falta de esfuerzo, sino porque hace ya más de diez años que las artes en general y la elite artística de España están en una situación desfavorecida. Reina entre ellos una evidente degeneración de sus capacidades, la decadencia profesional, el abandono ideológico y la penuria financiera. Quizás se precipitan a ese pantano intencionadamente. Allí, con sus conocimientos casi divinos y su formación sin par pueden halagar a gusto su amor propio observando la decadencia de los últimos tiempos desde su concha irrompible como lo hace un anatomista que constata la descomposición de la carne. Si decide comunicarse con ellos, cuente de antemano con que los encuentros tendrán lugar siempre por la iniciativa de usted, pasarán en ambiente de penumbra, y será usted quien pagará la cuenta en el restaurante.
Es evidente que para este grupo de personas España se convirtió en algo parecido a un hospital bueno y confortable. Están dispuestos a permanecer allí toda su vida para curar o más bien cuidar con ternura la heridas de su alma, desconocidas para todos menos para ellos. La otra faceta de su paradoja consiste en su capacidad de marcharse un día a la otra punta del mundo con la misma facilidad con la que se levantan y se van callados al tomar una taza de café en el paseo. Cuando pase por su casa la propietaria le dirá con una voz somnolienta que tendrá que buscar a su amigo en Nueva Zelanda. Y claro, es natural que no se haya preocupado por tonterías como dejarle su nueva dirección o teléfono.

Así son estas personas de las sombras. Si se relaciona con regularidad con alguna de ellas, nadie mejor que los cosmopolitas tristes le podrá explicar los pormenores más secretos de la mentalidad española y los verdaderos motivos que mueven a la población a actuar de una u otra forma en cada situación. A veces es muy provechoso valerse de sus consejos, o incluso pasear en su compañía por la ciudad nocturna. Esto es porque por mucho que viva en España, habrá una puerta al mundo bohemio que usted nunca logrará pasar debido a su cultura extraña.

Es difícil detectar un cosmopolita triste en la multitud. Su traje no es llamativo y lo más probable es que sea gris o marrón. Suele andar solo, se sienta callado, no mira a nadie y no llama la atención de forma intencionada. Si se le pregunta si habla ruso, es poco probable que lo reconozca y admita entablar una conversación con usted. Domina bien varios idiomas, le gusta estar sentado en un rincón de un café ruidoso y leer cosas complicadas del estilo del Boletín Económico de Portugal de todo el año pasado. La ciencia desconoce los motivos por los cuales leen semejantes cosas.

 

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