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Zonas erógenas de Moscú capital

Noticias de Rusia

Las ciudades son como las personas: las hay sexuales y frígidas. Uno puede pasar toda la vida con la persona sin conocer su eros, sin sentirlo. De la misma manera una ciudad puede hacerte temblar de orgasmo o al contrario, condemnar a decenas de años de la triste convivencia.
Viví un año y medio en Tokyo pero hasta ahora todavía no he descubierto el eros de esta maravillosa ciudad. Berlín se me entregó al cabo de medio año. San Petersburgo – pasada una semana. París – en doce horas.

Cada ciudad tiene su eros.
Moscú para mí no es una ciudad. Tampoco es el país. Tampoco la Rusia Interna.
Moscú es una gigante durmiendo que yace en medio de Rusia y duerme un profundo sueño ruso.
Para conquistarla hay que conocer sus zonas erógenas. Si no, ella te rechazará bruscamente y se cerrará para siempre.
Hay lugares sensibles en el cuerpo de la capital para cada moscovita pero hay que tener muchas ganas de encontrarlos. Si lo consigues, la gigante se te entregará.  .
Para mí son siete, las zonas erógenas de Moscú. Empecé a palpitarlas instintivamente en mi época de estudios. Antes, como centenares de ciudadanos, veía en la ciudad solo “la capital de nuestra patria”, el lugar donde vive mi familia y mis amigos, “una ciudad cómoda con la infraestructura desarrollada”, “ un monumento histórico”, “la tercera Roma”, “el centro de Rusia donde conducen todos los caminos” y otras cosas banales.
Pero la intuición me decía que Moscú no era tan simple como me parecía. No me equivoqué. Tardé casi doce años en encontrar y sentir los lugares secretos y tiernos de Moscú.
Ahora puedo decir francamente que he conocido la ciudad. Estoy dispuesto a compartir sus secretos.

Hay siete zonas erógenas sobre el cuerpo de Moscú. Es mejor tocarlas en verano. Empecemos:
moscu1. La Universidad de Moscú y el mirador de Vorobiévy Gory.
En un día soleado acérquese al edificio de la Universidad desde el lado del río Moskva, suba las escaleras de granito y párese ante las columnas de la entrada. A cada lado hay un chico y una chica de hierro leyendo libros de hierro. Si Usted es hombre, acérquese a la chica, si es mujer, al chico. Suba al pedestal y ponga las manos en el pecho de hierro. Diga “Moscú, déjame entrar”. Siga allí unos minutos, baje y diríjase al mirador. Apóyese a la barandilla y mire el panorama de la ciudad hasta aparecer las lágrimas. En cuanto salgan las lágrimas y el panorama se vea como un caleidoscopio, intente imaginar Moscú como una bola de colores volando en el aire. Habiéndolo sentido, continue su trayecto.
vdnh2. VDNH (el territorio de la Feria de Logros de la Economía Nacional de la URSS)
Entrando por la entrada principal al territorio de la Feria sigue todo recto hasta que llegue a la primera fuente – “Amistad de los Pueblos” que representa quince figuras femeninas doradas en trajes típicos de los pueblos de la URSS. Sube el bordo, entre en las aguas de la fuente y hágale tres vueltas en sentido horario. Luego sigue recto hasta la fuente “Flor de Piedra”. Vuelva a hacer lo mismo: tres vueltas en sentido horario. Continue hasta la última fuente del territorio de la Feria – “Espiga Dorada”. Es una fuente grande y profunda. Antes se podía pasear en barco alrededor de la misma. Quítese la ropa y nade alrededor de la espiga de trigo dorada. Tres veces en sentido horario. Si todo acaba bien, como acabó para mí y el pintor Andrei Monastirski y su esposa Sabina en el año 1986, vístese y vaya a comer y tomar algo en algún establecimiento cercano. Al descubrir esta zona erógena de la ciudad natal, nos dirigimos al restaurante “La Espiga Dorada” (“Zolotoi kólos”). El restaurante, que es muy grande, estaba vacio por la campaña anti-alcohol de Gorbachev: no había ni cerveza. La comida, en cambio, era abundante. Después de bañarnos en tres fuentes teníamos muchas ganas de entrar en calor. Un amable camarero nos aconsejó dirigirnos al portero. Andrei se fue y en un par de minutos el portero de bigotes, medio borracho, se nos acercó y puso sobre la mesa una botella que ponía “Borzhomi” pero llena de vodka. ¿Es vodka? – preguntó Sabina en un buen ruso. El portero asintió.  - ¿Y por qué la botella es del agua mineral? – Es difícil de explicar, - contestó el portero y se alejó. Me pareció que hablaba no sólo del vodka escondido sino también en un sentido más profundo, metafísico.
La erótica de Moscú no es que sea difícil, es imposible explicarla. Hay que sentirla.
bulvar3. Bulvárnoe Koltsó (el círculo de bulevares)
Invite a dos amigos más íntimos, compre tres botellas de portwine, escóndanlas en los bolsillos de americanas, cógense de brazos y diríjanse a los bulevares. Tiene que pasar por todo el círculo de bulevares agarrados uno a otro y tomando poco a poco el portwine. Recomiendo empezar el recorrido por esta zona erógena del Bulevar Yáuzski cerca de la calle Solianka, e ir de derecha a izquierda por los bulevares Chistoprudni, Srétenski etc. Hay que ir callados fijándose en todo lo que pasa en los bulevares. Si encuentra a algún conocido es recomendable no saludarle desviando la mirada.  Hay que beber sin prisa, saboreando. Al terminar el paseo en el bulevar Gógolevski, tienen que poner las botellas en medio de la calle, abrazarse formando un círculo y bailar un baile lento alrededor de las botellas, berreando y silbando. Luego hay que irse en sentidos contrarios sin despedirse ni mirarse.
Todo eso, lo pasé con Igor Vinográdov y Serguei Kutin un día soleado, en junio de 1974, después de aprobar un examen en Resistencia de Materiales.
4. El cementerio Vagánkovskoe
Al entrar en el territorio del cementerio, gire a la derecha, a la parte más lejana del mismo. Traiga consigo un libro que no había leído todavía. Encuentre una tumba discretay ordenada con un banco, siéntese y lea hasta atardecer, cuando las letras empiezan a juntarse. Cierre el libro y déjelo en la tumba. Váyase del cementerio. Lo hice exactamente así en mayo de 1980. Al visitar mi mujer en el hospital donde se estaba preparando para dar a luz a dos gemelos, me fui a continuar mi paseo por la capital calurosa que olía a gaseosa con una fotocopia de la novela Rey, reina, bribón de Nabókov. No recuerdo por qué llegué hasta el cementerio que todavía no estaba estropeado por una ridícula tumba de Visotski: se extendía discretamente bajo tilas y álamos y las manchas de la luz del sol se deslizaban por las cruces y la hierba joven se salía en las tumbas. Sentado en un banco, estaba leyendo el libro de Nabókov hasta atardecer y, sin acabarlo, me levanté y me fui entre las tumbas, sin pensar en nada. ¿Por qué había dejado el libro en la tumba? “Es difícil de explicar” – habría dicho el portero. Más difícil todavía era explicar el sentido que tuve al salir de las puertas del cementerio.
5. La estación del metro Krásnie Vorota.
El metro de Moscú, a la primera vista, parece una enorme zona erógena, cada curva del cual exige tacto cariñoso. Pero sólo es la primera imresión. Durante cuarenta y cinco años de viajar en este laberinto descubrí solo una estación con vibraciones eróticas: Krásnie Vorota. Tiene que ir allí después de medianoche, quitar la ropa, entrar en un nicho de granito y pasar unos minutos sin moverse en la postura de Apolo (si usted es un hombre) o Venus (si Dios quiso que fuese mujer).
6. El mercado Cheriómushkinski y el Monasterio Novodévichii
Hay que llegar temprano, cuando el mercado se está abriendo, vestido en harapos. Coja una caja de madera, entre en el mercado y siéntese sobre la caja al lado de las puertas. Ponga un gorro de orejeras sucio en las rodillas, respire hondo y póngase a aullar no muy alto: “Moskvá kalachámi krasná! Moskvá kalachámi krasná!” (Moscú es famosa por los “kalach”). Tiene que ir repitiendo la frase todo el día sin parar. En cuanto el mercado se cierre, levántese y sin contar la limosna que le han dado, coja el gorro y vaya al Monasterio Novodévichii. Entre en el territorio del monasterio, póngase en el medio, haga cruz y gritando “¡Para Dios lo que no nos sirve!” lance el gorro con el dinero lo más alto posible.
7. Kapotnia
Haga un volantín, espere hasta que oscurece y vaya a Kapotnia. Encuentre allí una antorcha de gas, póngase al lado y lance el volantín. Hágalo de tal manera que el volantín entre en la llama de la antorcha. En cuanto empiece a arder, tire del hilo y enciende una vela del volantín ardiendo. Aprete la vela contra el pecho, protegiéndola del viento y declare bien alto: “¡Fuego, vamos conmigo!”. Luego váyase a casa a pie con la vela ardiendo. Al entrar en casa, apague la vela, póngala debajo de la almohada y váyase a dormir.

Le aseguro que al despertarse el día siguiente no reconocerá Moscú.

¿Es tan simple? – será su pregunta. Sí, es muy simple como todo lo evidente. Para sentir el eros de Moscú no es necesario participar en ritos crueles o matar por ritual. No tiene por qué salpicar la bilis del oso en las murallas del Kremlin, cagar desde el puente Krimski a medianoche, lanzar dardos envenenados en las putas o masturbar con el monumento de Timiriázev. Moscú, como una mujer cualquiera, necesita un poco de cariño sincero, de cariño que viene del corazón.
Muchos habitantes de la capital tienden a considerar que la primera zona erógena de Moscú es la Plaza Roja. Los más “avanzados” creen que es un pubis afeitado con dos clítores: la Catedral de San Basilio y el Mausoleo de Lenin. Eso explica, por lo visto, el pilgrimaje que se puede observar en la Plaza. Una noche de julio calurosa Svetlana Konegen, Dmitri Pirogov y yo eramos testigos de un hecho curioso: unos escritores hicieron una cadena viva de la Catedral hasta el Mausoleo. Un poeta barbudo que los dirigía repetía que tenían que cerrar la cadena para que se corriese de una vez. Los policías impidieron acabar de construirla.
Con los cuarenta y cinco años que tengo no he sentido (aunque había intentado) el eros de la Plaza Roja, pero sí lo sentí en los lugares arriba esmentados. Esto es mi sincero testimonio.

Como decía Pirogov, “Cada uno tiene una Moscú celeste y cada uno la tiene terrestre”.

Vladímir Sorokin “Eros de Moscú”

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